viernes, 30 de mayo de 2008

ESTUDIANTES Y PROFESORES. NOTA DE AGRADECIMIENTO.

Gracias al esfuerzo y decidida voluntad de mis padres, tuve la oportunidad hace ya algunos años de poder cursar la carrera de Derecho. Eran otros tiempos y eran, también, otras las circunstancias en las que los estudiantes desarrollábamos nuestra labor en el edificio central de la Universidad. Pero de ese tiempo pasado y de las circunstancias de entonces, el recuerdo fundamental que conservo es el de algunos de mis profesores: D. Felipe González Vicen, D. José Mª Hernández Rubio, D. José M. Pérez Prendes, D. Juan Miquel, D. Ángel Torío López, D. Antonio Martín Pérez, D. Gumersindo Trujillo Fernández, D. Antonio Pérez Voitereuz, D. Manuel García Padrón, D. Alberto Guanche Marrero, D. Manuel Morón Palomino, D. Bernardo Cabrera Ramírez. Es un recuerdo positivo, de aquellos que de manera recurrente surgen por vía de la nostalgia, sobre todo, cuando se repara en que algunos de esos excelentes profesores ya han desaparecido.

He tenido la suerte de poder dedicar parte de mi vida a la enseñanza e investigación en el seno de la Universidad. Es mi profesión y también mi vocación preferida. Además, tengo alma de actor y, a medida que cumplo años, también de cómplice con mis alumnos. Cada vez que me subo a la tarima, represento mi papel de profesor, y trato, sobre todo, de que mi público quede satisfecho, no tanto en compensación al dinero que han pagado, sino al hecho de haber conseguido que sientan interés por aprender y conocer de la materia que trato de enseñar. Nunca he podido llegar a comprender que en una licenciatura como la de Derecho puedan existir colegas que cuestionen como carga contar con grupos “masificados” de alumnos, pues ello impide, según los mismos, ofertar una enseñanza personalizada. A mis clases asisten una media de sesenta alumnos, y puedo asegurar que basta con poner sólo un poco de interés para llegar a conocer bastante aproximadamente las trayectorias, expectativas y ánimo de cada uno de ellos y, si me apuran, hasta para conocer y llamarles por su nombre, algo que además debería ser obligatorio para los profesores.

Acabo de realizar un examen oral correspondiente a la materia de la última parte de la asignatura, y estoy eufórico, pues me he encontrado con un nivel medio excelente. Siento en el fondo de mi ser una alegría inconmensurable al comprobar que la mayoría de mis estudiantes se han esforzado y han aprendido y que, por consiguiente, aprobarán la asignatura. ¿Se puede acaso pretender más? Por todo ello, seguiré asumiendo con orgullo el sambenito de ser un profesor con el que resulta “fácil” aprobar la materia, pues de esta forma creo honestamente que contribuyo a romper con el erróneo y perjudicial tópico que destruye el fin de la Universidad, de entender que el “buen” profesor es aquel que cosecha un alto nivel de suspensos.

Aunque en ocasiones exteriorizo mis sentimientos de amargura ante el peso de viejas estructuras y pautas de comportamiento existentes en el seno de la Universidad, vuelvo de nuevo, en un curso que termina, a reafirmar mi deseo de volver a actuar ante mi apreciado público en el curso próximo. Muchas gracias a todos.

jueves, 29 de mayo de 2008

CELSO BARRERA SÁNCHEZ


A mi amigo Celso, que ya no podrá venir conmigo a visitar la isla de El Hierro.

¿Cabe concebir el orden del desorden? Definitivamente sí. Y no se trata de una cuestión opinable, sino de una constatación. Basta, para comprobarlo, con visitar un barrio del extrarradio de Santa Cruz de Tenerife que recibe el sugestivo nombre de Las Moraditas de Taco. Desconozco si ese nombre tiene su origen en lo que fue la morada inicial de muchos gomeros que se trasladaron a la isla de Tenerife como emigrantes interiores en busca de nuevas oportunidades para ellos y sus hijos, o bien, en lo morados que se tuvieron que ver en su isla natal, La Gomera, para optar por trasladarse a otra isla en la que se ofrecían oportunidades de trabajo y promoción social que eran imposibles de ver realizadas en su isla natal. En cualquier caso, la cuestión no tiene mayor importancia, pues lo relevante de verdad es que el caos urbanístico que puede apreciarse por los anónimos conductores que a diario circulan por la autopista que pasa junto al barrio, es en realidad un caos auténticamente aparente.

Vivimos en una sociedad en la que ciertas apariencias son valores consolidados. Aparentamos ser solidarios con los inmigrantes (y muchos gomeros lo fueron en los años duros), pero en realidad nos importaba un bledo por qué venían, cómo venían y cómo se establecían en el extrarradio de la ciudad. A lo sumo, su llegada sirvió a algunos para contar con una mano de obra dispuesta a dar todo su esfuerzo a cambio de condiciones no siempre justas o mínimamente equilibradas. A ello, además, se unió la conceptuación del inmigrante gomero como un sujeto culturalmente atrasado y base fecunda para institucionalizar un interminable rosario de chistes y anécdotas propios de gomeros, muestra patente de otra nueva y falsa apariencia propia de estúpidos, la que tiene que ver con la calificación de los seres humanos en función de su nivel educativo, familiar, social y, sobre todo, económico.

Pero la falsa apariencia, por muy permanente que sea, siempre presenta algún flanco de debilidad por la que normalmente quiebra. Puede ser éste el del esfuerzo personal capaz de superar cualquier apariencia, pero también, el de la inteligencia, que es esa poderosa facultad del ser humano capaz de permitirle sobresalir de la apariencia para asumir con todas las consecuencias su destino como tal, esto es, para no renegar nunca de su origen social, cultural, familiar o económico del que abiertamente se siente orgulloso, y para poner además de manifiesto que es capaz de lograr por sí mismo las metas y objetivos vitales que otros nunca alcanzarán por su propio esfuerzo. Por eso, la inteligencia o existe o no existe. No cabe aquí la apariencia, y si esta última llegara a estar presente, el inteligente siempre la detectará y de seguro que se encargará de bordearla, ignorarla o de llegar a hacer creer al tonto que de verdad el mismo es también inteligente.

Si a la inteligencia se une además la bondad y la predisposición permanente a ayudar al otro, el resultado no puede ser otro que el de la amistad, que sólo puede nacer y fortalecerse mediante la generosidad y la afirmación incondicional, rotunda y nunca aparente de: “¿Tienes algún problema?, pues no te amargues, que eso tiene solución”.

miércoles, 28 de mayo de 2008

LA BURLA DE LA AUTONOMÍA UNIVERSITARIA


Muchos de los que en el año 1985 participamos activamente en la elaboración de los primeros proyectos de Estatutos de Autonomía para las Universidades Públicas españolas, y desechamos mediante “votación democrática” las opiniones de otros más viejos y expertos que nosotros calificándolas como reaccionarias, nunca pudimos imaginar los derroteros que con el paso de los años iba a tomar asunto tan serio y trascendente para la vida universitaria de este país. Personalmente reconozco mi cuota de responsabilidad en este engendro, en algunas de sus peores versiones, que hoy llamamos “autonomía universitaria”. En la actualidad, he de reconocerlo también abiertamente, sólo me queda el lamento de lo que pudo haber sido y no fue, y la vía de escape de proyectar y aplicar en el ámbito individual como profesor lo que considero debe ser la enseñanza e investigación universitaria. Pero, por favor, a estas alturas que no me hablen de sindicatos, grupos claustrales, elección de cargos académicos, reivindicaciones salariales de esa extraña categoría de profesores contratados doctores de régimen laboral, y no digamos ya de oposiciones, habilitaciones o acreditaciones que me tienen hasta los “…ones”.

¿Que existen aspectos y manifestaciones específicas de índole positiva de la autonomía universitaria? Por supuesto que sí. ¿Que hay Universidades públicas que han aprovechado su autonomía para elevar los niveles de calidad del servicio público que prestan en el ámbito de la docencia y la investigación? Por supuesto que sí. Faltaría más. Al fin y al cabo la autonomía universitaria no es más –ni menos- que un instrumento en manos de las Universidades para avanzar o para retroceder o, simplemente, para estancarse en la mezquina placidez y vivir del esfuerzo económico que presta la sociedad mediante el pago de sus impuestos. Si siempre ha habido pobres y ricos, por qué no iba suceder lo mismo con respecto a la existencia de tontos e inteligentes, generosos y mezquinos, responsables e irresponsables, valientes y cobardes, reformistas y revolucionarios…

Baste aquí con señalar dos pequeñas muestras de la deformación de la autonomía universitaria.

Los sindicatos, tanto del profesorado como del denominado personal de administración y servicios, que conciben fundamentalmente la Universidad (a pesar de la alharaca tradicional con la que revisten sus discursos: potenciación de la enseñanza pública, acceso de las capas populares a la Universidad…) como un centro de trabajo en el que hay que obtener del “empresario” las máximas utilidades posibles, desde salarios “dignos” hasta el pago de la guardería de los niños, matrícula gratuita en los estudios universitarios o ayudas para implantes dentales.

Algunos profesores, que conciben la autonomía a la hora de proyectar los nuevos planes de estudios y los títulos que ha de ofertar la Universidad en los inicios del siglo XXI, como un mercado (a pesar de que les horrorice el empleo del término y no digamos ya la propia realidad) en el que el objetivo no es otro que el de acaparar el mayor número de créditos horarios para sus respectivas áreas de conocimiento a fin de así garantizar no la calidad, sino la mera reproducción de su deleznable especie en el futuro.

Parafraseando a un conocido antimarxista, ¿autonomía para qué? Pues para eso, para burlarse de ella.

martes, 27 de mayo de 2008

CONTROLEMOS LA XENOFOBIA


La xenofobia tiene que ver con el color de la piel, y con el tamaño (del cuerpo), y con el idioma, y con los usos y costumbres, y con el origen familiar, y con las creencias religiosas, y con el estatus económico, y con lo que sea que se exprese como diferente en el marco de relaciones establecidas como mayoritarias o dominantes, pero sobre todo, tiene que ver la mayoría de las veces con la existencia de las fronteras nacionales y, sobre todo, mentales de los seres humanos. Cualquiera de esos motivos, que por sí solos pueden estar presentes con mayor o menor intensidad en la cabeza y en los sentimientos de cualquier ser humano, reunidos pueden dar lugar en un momento determinado a la actuación conjunta o colectiva de un grupo humano cuya actuación podrá ser calificada como xenófoba. Cuando esto último sucede, la respuesta xenófoba suele desembocar siempre como último resultado en una situación dramática, bien porque es abiertamente agresiva o violenta contra el extranjero o el calificado como extraño a la comunidad propia, bien porque es consentidora, por omisión, de esa respuesta agresiva. En ambos casos, el problema está servido.

En Canarias, tierra de gente tradicionalmente hospitalaria y de antiguos emigrantes, el sentimiento xenófobo ha existido y existe en la actualidad en la cabeza y actuación de muchos canarios. Baste con pensar en la existencia de la comunidad hindú. Llevan muchos años en esta tierra, y conviven con nosotros como si realmente no existieran. Forman un mundo aparte. Se les reprocha en ocasiones que no se hayan integrado en nuestra comunidad, pero en realidad esto no es más que un pretexto que esconde la mayoría de las veces nuestro rechazo a sus pautas diferenciadas de conducta, y que se expresa en medidas tan pueblerinas, mezquinas, inhumanas y retrógradas como la de impedir que los miembros de esa comunidad puedan formar parte de determinados clubs sociales o deportivos locales (entre las numerosas anécdotas que se cuentan del que fuera Catedrático de Derecho Político de la ULL, D. José María Hernández Rubio, hay una que refleja muy bien la mala calaña, ya sea por activa o por pasiva, de los miembros de una Sociedad muy chic de Santa Cruz de Tenerife. Al parecer, una noche D. José María se presentó a las puertas de la sede social de la entidad acompañado de dos prostitutas. El conserje, educadamente, le advirtió que no podía entrar con aquellas dos mujeres de “dudosa reputación”. La respuesta de D. José María, que siempre fue un ser libre, resultó contundente: Mire usted, estas señoritas tienen probada reputación de putas, mientras que las que están en el interior sí que son de “dudosa reputación”).

Pero si de la comunidad hindú pasáramos a la incipiente comunidad negra, a los chinos, a la conformada por los moros, o a la de nuestros supuestos hermanos hispanoamericanos, la situación sería aún peor, pues nuestros reflejos “defensivos” frente a los mismos están más extendidos y permanentemente actualizados, aparte de jaleados por algunos politiquillos de tres al cuarto que saben de la eficacia de explotar en su propio interés el germen de xenofobia que anida en la mente de todos los miembros de la propia tribu.

Luchar en contra de la xenofobia como arma que algunos emplean en el terreno político, es un deber para cualquier demócrata. Luchar contra nuestros propios sentimientos xenófobos, es una garantía a favor de nuestra propia libertad como seres humanos.

lunes, 26 de mayo de 2008

INFRACCIÓN DE LA NORMA, DERECHO A COPIA Y REACCIÓN HUMANA

Consideremos la siguiente hipótesis: El ciudadano X recoge a su madre, una persona de más de ochenta años con dificultades para caminar, y la traslada en su coche a una entidad financiera para que pueda retirar de su cuenta personal determinada cantidad en efectivo.

Al llegar a la Oficina bancaria, se encuentra con que ni allí ni en los alrededores hay sitio para aparcar el vehículo de manera reglamentaria. Sin embargo, justo enfrente de la Oficina hay una zona “libre” en la que expresamente se indica mediante la oportuna señalización que está prohibido aparcar. En atención a las circunstancias que concurren (la madre tiene dificultades para caminar; temor a dejarla allí sola, tanto para acceder, como para salir con el dinero, etc.), X decide aparcar en la zona prohibida, acompañando a su madre hasta el interior de la Oficina.

Mientras realiza junto a su madre las oportunas gestiones, escucha un bocinazo proveniente de un camión cuyo conductor avisa así de la imposibilidad de poder pasar porque se lo impide el coche que está mal aparcado. X sale a toda prisa, pide disculpas al conductor del camión y coloca el coche más adelante facilitando el paso del camión y de los demás vehículos que estaban en cola. Regresa a la entidad bancaria en busca de su madre y cuando sale con ésta se encuentra con un agente de la Policía Municipal que en ese momento está rellenando un boletín de denuncia contra él.

Cuando X se dirige al Policía para explicarle por qué había aparcado en un lugar prohibido, éste simplemente le pregunta si efectivamente había sido él quien había ocasionado la interrupción del tráfico. X le contesta que sí, pero le pide que comprenda las circunstancias… El policía se limita a contestarle, mientras continúa rellenando el boletín de denuncia, que por favor se retire y quite el vehículo de allí.

Entonces, X le pide al policía que le diga, por favor, cuánto es el importe de la sanción por haber aparcado indebidamente. El policía le contesta que no lo sabe y le reitera que quite el vehículo, mientras continúa rellenando el boletín de denuncia. X le contesta que sí, que quitará el vehículo, pero que antes quiere copia de la denuncia. En ese momento el policía, con una actitud un tanto destemplada, le dice a X que muy bien, pero apostillando que la infracción cometida es muy grave. Le entrega copia de la denuncia a X y este y su madre se van en su coche.

Cuando X piensa fríamente en lo sucedido, llega a la siguiente conclusión: posiblemente el policía no tenía intención de cursar la denuncia, pero ante los ciudadanos-espectadores que estaban presenciando el espectáculo, el policía debía poner de manifiesto que se había cometido una infracción del Código de la Circulación, y que la misma tenía que ser sancionada como ejemplo para otros potenciales infractores.

A estas alturas, X tiene aún la esperanza de que finalmente el Policía haya considerado como eximentes las circunstancias que concurrían en la hipótesis expuesta. De no ser así, no le quedará más remedio que pagar la sanción y aprender para una próxima ocasión que a veces es mejor no ejercitar el derecho (solicitud de la copia de la denuncia) y optar simplemente por esperar a que ésta llegue algún día por correo...si es que llega.

viernes, 23 de mayo de 2008

EL CASO TAGUAS: ¿PERO DE QUÉ MORALIDAD PÚBLICA HABLAMOS?


En el artículo de opinión publicado ayer ya anunciaba que personalmente simpatizaba con la decisión del Sr. Taguas de aceptar la oferta de ocupar la presidencia de la principal Asociación española de empresas de la construcción. Explicaré por qué.

En principio, parece ser que resulta moralmente reprochable que un señor que ha sido Director de la Oficina Económica de la Presidencia del Gobierno (asesor directo del Sr. Rodríguez Zapatero), deje esta responsabilidad política y pase a presidir una asociación empresarial, nada más y nada menos, que de empresarios de la construcción (o del “ladrillo”, para ponerlo todavía peor).

Primera cuestión: en ocasiones, lo que parece pueda ser calificado como moralmente reprobable, es, sin embargo, jurídicamente intachable. En este caso, ha resultado ser así. El Sr. Taguas, antes de tomar su decisión, pidió a la Administración un informe relativo a la existencia de una posible incompatibilidad para ocupar su nuevo cargo. Tal informe fue negativo, esto es, inexistencia de incompatibilidad. Sin duda, es evidente que no todo lo legal, por principio, es moralmente aceptable (que se lo digan estos días a los gitanos y rumanos en la Italia de Berlusconi, que de inmigrantes “sin papeles” han pasado directamente a ser considerados delincuentes. Y el Papa, hasta el momento, sin decir ni pío).

Segunda cuestión: no obstante lo anterior, los integrantes de un partido de izquierda, Iniciativa per Catalunya (IC), convencidos de la inmoralidad intrínseca de la decisión adoptada por el Sr. Taguas y, a pesar de la misma ser acorde a Derecho, presentan una moción en el Congreso de los Diputados dirigida a condenar al Gobierno y al Sr. Taguas. A esta iniciativa se suma –en mi opinión no por razones morales ni legales, sino exclusivamente políticas para así dañar la imagen del Gobierno- el Partido Popular (PP). La moción es derrotada gracias al apoyo que el Gobierno obtiene del grupo parlamentario de Convergencia y Unió (CIU). Significativamente, ese apoyo explícito no es defendido por el portavoz de CIU (Josep Antonio Duran), sino que este, mediante una pirueta parlamentaria artera, prefiere mandar a la tribuna de oradores a otro parlamentario menos relevante, poniendo así de manifiesto que el apoyo prestado al Gobierno es de los que se presta “tapándose la nariz” por el “hedor” que el mismo desprende. Se supone, no obstante, que habrá sido a cambio de algo o de que en el futuro se requerirá la correspondiente contrapartida. Esto último, sin embargo, no parece que sea moralmente reprobable, sino que “es la política, mi helmano…”, como bien diría el "hombre nuevo" de la Cuba de los hermanos Castro.

Tercera cuestión: en el fondo de toda esta pequeña y repetida historia late un sentimiento fuertemente arraigado en nuestra sociedad, producto de la influencia de ciertas ideas de izquierda y también, curiosamente, de la doctrina moral de la Iglesia Católica. El capitalismo es moralmente perverso. El dinero corrompe. El poder político y su conexión con el capital corrompe. El afán desmedido de riqueza (avaricia) es una de las causas de la actual crisis financiera (lo ha dicho estos días el Presidente del Banco Popular. Aprovecharé para solicitarle me rebaje los intereses de mi hipoteca). Que todo esto pueda estar presente, resulta innegable. Que se de en cualquier caso como inherente al sistema, es una simple estupidez. Para controlarlo está el Derecho y los jueces, para condenarlo moralmente, una amplia gama de inquisidores, generalmente, de dudosa moralidad.

Cuarta y última cuestión: Me niego a condenar como inmoral que el Sr. Taguas haya decidido pasar a ocupar un puesto relevante en el sector privado. Presumo que este hecho por sí mismo no significa absolutamente nada. Afirmo, además, que en nuestro sistema democrático-capitalista, es bueno para la salud del sistema y para la convivencia, que los profesionales del sector privado ocupen responsabilidades en la Administración Pública y viceversa. En un caso, doy por supuesto que la decisión es un auténtico sacrificio a favor de la sociedad y una apuesta por la defensa del interés público, en el segundo, que es normalmente la expresión de un hartazgo de muchas cosas y el legítimo deseo de lograr una mejor retribución al esfuerzo y a la capacidad personal a favor de la defensa de otro interés igualmente legítimo, el privado.

Y termino. Presumiré siempre que el trasvase de personas entre el sector público y el sector privado no condiciona por sí mismo la honorabilidad, honestidad y rectitud de la actuación de tales personas en uno u otro sector. Y el que afirme lo contrario, que lo pruebe (delito de tráfico de influencias) y no que se limite a reprobarlo y a dar por supuesta la deshonestidad del sujeto (¿cuándo se van a tomar en serio los jueces el daño que ocasiona a las personas decentes la existencia de tanta condena supuestamente moral y tanta denuncia falsa?). En esta sociedad de vieja tradición autoritaria, cualquier mentecato se cree con el derecho a ignorar uno de los más elevados principios morales y jurídicos que ha alcanzado la humanidad: la presunción de inocencia. Ya está bien de tanta moralina barata, tanta presunción de culpabilidad generalizada y tanta mala leche.

P.D. Si el Gobierno creyera de verdad que la actuación de cualquier persona, ocupe el puesto que ocupe, ha de presumirse siempre como moralmente irreprochable y jurídicamente acorde a Derecho (y cuando se demostrara que así no fuere actuase en consecuencia), debió defenderlo así ante las Cortes, aunque perdiera la votación, y no debió nunca haber realizado un pacto inmoral para defender algo que en realidad no se cree. Esto sí que es moralmente reprobable.

jueves, 22 de mayo de 2008

AL DISIDENTE EL ESTIGMA: DESLEAL, DESOBEDIENTE, TRAIDOR E INDISCIPLINADO



He de reconocer que por mis venas siempre ha corrido la sangre infectada por el virus de la “desobediencia” manifiesta. Por eso es difícil que cuenten conmigo para determinadas cosas, pues comprendo que para “Ellos” no soy de fiar. Pero no lo puedo evitar, es como una especie de marca de nacimiento. Te toca y a pechar con ella con sus grandes ventajas e inconvenientes. Lo mejor, en todo caso, es que “Ellos” te encasillen entre los “raros” y ya no te hagan caso: “son las cosas típicas de fulanito”, dirán, un tipo bastante singular y que se cree, el muy chulo, que así se puede transitar por la vida, pues va aviado… Lo peor, sin embargo, que te acosen de manera desenfrenada y traten de hundirte mediante la interposición de todos los obstáculos habidos y por haber. En este segundo caso, sí, se puede sufrir, pero será preferible esto a estar muerto en vida, o lo que es igual, será preferible siempre ser humano que ser un borrego, con todos mis respetos para los auténticos borregos.

Viene a cuento lo anterior por el espectáculo político-mediático que se ha organizado con el “minitrasvase” del ex director de la Oficina Económica de la Moncloa, el Sr. Taguas, a la presidencia de la principal Asociación de empresarios de la construcción de España. El cambio producido tiene, se dice, amparo legal pero no moral. Se ha presentado el hecho como un auténtico y desmelenado “escándalo rafaeliano”. Es, en verdad, una reacción asombrosa por el alto grado de hipocresía que el asunto presenta. Ha merecido, incluso, una votación en el Congreso de los Diputados. Vamos, la repera. Quede aquí constancia, por ahora y, sin perjuicio de volver en otro momento sobre el tema, de mi simpatía a favor del Sr. Taguas, que en principio tiene todo el derecho a hacer con su vida privada lo que quiera, máxime, si sus comportamientos están además amparados, como es el caso, por el ordenamiento jurídico (sólo adelanto aquí una cuestión: ¿cómo es posible que la defensa de la “moralidad pública” la haya asumido una empresa de comunicación como PRISA que tanto debe a su decisiva influencia sobre los hombres y mujeres que han ocupado y ocupan puestos de responsabilidad política al más alto nivel?).

Lo que ahora me interesa destacar es el papel asumido por dos diputados del PSOE que se atrevieron a hacer pública su disconformidad con la pretensión de sus “jefes” de obligarles, por disciplina de partido, a votar en contra de una moción presentada por Iniciativa per Catalunya que condenaba el referido cambio y el nuevo destino del Sr. Taguas. Cuando conocí la noticia, unos días antes de la celebración de la votación en el Congreso de los Diputados, me hizo sentir feliz. Por fin dos disidentes capaces de poner en cuestión la vergonzosa, inmoral y antidemocrática disciplina de partido. Estos dos diputados (que no nombro porque mejor es no recordarlos nunca jamás), hicieron un amago de disidencia, pero cuando llegó la hora de la verdad, en el momento de la votación, miren por dónde, uno pulsó el botón del SI a favor de la moción de IC, y el otro el botón de la Abstención. ¡Qué valentía¡, pensé. Mi gozo en un pozo. A estos dos cobardes les entró el tembleque pos heroico y todavía al día de hoy no dejan de repetir a quien quiera escucharles que lo que ocurrió en realidad fue que se equivocaron de botón, pues ellos querían apoyar al Gobierno.

Creo que sus “jefes” ya han anunciado que se les va a abrir expediente a ambos por poner en cuestión –aunque ahora lo nieguen- el principio totalitario de la disciplina de partido. Es lógico, pero en realidad yo creo que se merecerían la apertura de expediente no por desleales, desobedientes, traidores o indisciplinados, sino por cobardes y miserables.

Como siempre es posible el cambio, tal vez estos sujetos recuperen la dignidad perdida y decidan acudir al Tribunal Constitucional en defensa de sus derechos democráticos a la libre expresión de la disidencia. Lo malo, sin embargo, es que ese virus del totalitarismo disciplinario partidista, tan arraigado por demás en versiones distintas en casi todas las esferas sociales, se haya introducido también en el seno del máximo intérprete de la Constitución.