viernes, 27 de febrero de 2009

UNA INTERPRETACIÓN A LA BOLOÑESA


Pasen señoras y señores y vean el maravilloso mundo del circo…o del pan y circo, que decían los romanos. Encierros de alumnos en algunas universidades españolas contra la puesta en marcha del llamado Plan Bolonia, un plan verdaderamente maquiavélico para transformar las anquilosadas universidades europeas en algo nuevo y distinto, más acorde con los nuevos tiempos. Cosa, en verdad, de los estudiantes, de los de ahora y de los de hace treinta años, que se manifiestan siempre por algo aunque no se sepa en la mayoría de las ocasiones por qué. Y a pesar de todo, nos gustan esas manifestaciones y encierros, pues nos recuerdan nuestra época de juventud, ya que a pesar de protestar por otras cosas que poco tenían que ver con la investigación y la docencia, estábamos convencidos de que la razón nos acompañaba, aunque en muchas ocasiones no fuera así. Como jóvenes, teníamos entre nuestra reivindicaciones la introducción de las reglas de la democracia en el seno de la Universidad, y así nos ha ido, de fracaso en fracaso y de hartazgo en hartazgo, hasta que finalmente hemos llegado al Plan Bolonia y al firme propósito de que por fin se implemente y haga realidad el denominado Espacio Europeo de Educación Superior.

De acuerdo con la propaganda oficial del régimen, de lo que se trata es de armonizar los sistemas universitarios de los países miembros de la Unión Europea. No es de recibo que la Unión Europea siga contando con sistemas universitarios que difícilmente puede ser homologados entre sí por la cantidad de diferencias que existen entre unos y otros, y ya se sabe que una de las llamadas libertades de la Unión es la libre circulación de personas, así que uno de sus requisitos será facilitar la movilidad de sus estudiantes y luego, en el futuro, de sus profesionales salidos de las Universidades europeas. Para los estudiantes protestones, sin embargo, esta es la excusa formal de la reforma, pues en realidad, el objetivo real no es otro que acabar con el actual modelo de universidad pública y crítica (¿?) y acondicionar la universidad a las exigencias de la llamada globalización económica, esto es, a los intereses del capital transnacional que carece de patria y de sentido de la misma.

Es un poco difícil exponer aquí de manera breve y concisa lo que pensamos de Bolonia y del Espacio Europeo de Educación Superior. Sin embargo, sí que nos parece necesario poner de manifiesto que nuestras autoridades educativas (las de la nación y las de las nacionalidades y regiones), bien sea por pura ignorancia, bien por intención aviesa y consciente, nos engañan con esta historia de Bolonia. En realidad, el objetivo que se persigue no es otro que el de dar carta de naturaleza a los que nuestras universidades en realidad son: centro educativos de nivel superior (en el sentido de que expiden el título que culmina los estudios que legalmente puede realizar el estudiante), en los que se ofrece una formación general y al que acceden en realidad los que realmente quieren acceder (pues las facilidades son todas, desde becas, hasta otras para aprobar las asignaturas en las convocatorias que fueren necesarias...). Cuando de acuerdo con las directrices boloñesas se determina que la regla general es que todas las actuales carreras pasan a ser de cuatro años (título de grado), se está diciendo incluso que así se facilita más ampliamente la obtención de un título de rango universitario (los usuarios o sus padres se ahorran un año). Y luego viene la segunda parte, la especialización (título de master), que ya no precisaran cursarlo todos los estudiantes, sino sólo aquellos que efectivamente deseen obtener una especialización profesional, y finalmente, el doctorado, que será para aquellos que normalmente enfoquen su futuro a la permanencia en la propia universidad.

En otras palabras, se trata, señoras y señores, de aplicar a Europa el modelo universitario norteamericano, pero sin los americanos, su tradición, su cultura universitaria y, sobre todo, sus niveles de rigor y seriedad. ¿Por qué no nos dicen la verdad? Seríamos todos menos felices, pero también más sabios….

jueves, 26 de febrero de 2009

DESIDIA


La desidia en política (en la política democrática, al menos) se suele pagar con el pase a la oposición o con nunca llegar a ocupar el poder; es decir, tiene su correspondiente “castigo”. En otros ámbitos, sin embargo, la desidia, identificada como inercia hacia el precipicio, es un mal que rara vez es detectado o al que difícilmente se le puede poner remedio “desde dentro”, porque contamina de manera lenta y sórdida a todos aquellos que viven o entran a vivir en el contexto en el que la misma ha prendido sus raíces y extendido sus dañinos efectos.

Sin duda, existen ámbitos sociales en los que la desidia encuentra unos ambientes más propicios que otros a la hora de prender y contaminarlo todo. Uno de esos ámbitos es la Administración Pública, y dentro de ella, por lo que aquí nos afecta, la enseñanza y la investigación universitaria. En las universidades públicas, muchos de los funcionarios y personal laboral que vivimos en y de ellas (es decir, del dinero que proporcionan los contribuyentes), solemos adoptar, después de algunos años de experiencia, la pauta de comportamiento consistente en hacer las cosas que nos competen directamente más o menos bien y no preocuparnos por todo lo demás. Diríase que es esta una manifestación muy peculiar de protesta, toda vez que se circunscribe al terreno individual y nada tiene que ver con la “organización” en la que se está inserto. En el caso de los profesores, esto significa que los afectados por esta original forma de protesta “pasan” de los procesos electorales en curso (a director de departamento, a decano, a rector, a representante sindical, a comisionado para evaluar y, en general, al politiqueo universitario) y se dedican exclusivamente a sus alumnos y a sus tareas investigadoras. Claro, si el noventa por ciento del profesorado actuare de igual manera, está claro que la marcha de la institución sería seguramente óptima en cuanto al rendimiento alcanzado en materia docente e investigadora… pero no parece que esto sea así, al menos, en las dos universidades canarias que, de acuerdo con los distintos rankings que circulan en el país, son de las de peor calidad en cuanto a los parámetros generalmente aplicados para su medición.

Cuando algún medio de comunicación publica la noticia de que las universidades canarias no son precisamente universidades de excelencia, se desencadena casi de manera automática un proceso de autodefensa consistente en justificar que ello es así como consecuencia de los escasos recursos económicos con los que el Estado o la Comunidad Autónoma dota a la Universidad. Vamos, una auténtica vergüenza que sólo puede proceder de aquellos que beneficiándose del mal uso de los recursos públicos, tienen la desfachatez inaudita de pretender continuar ocultando a la ignorante sociedad canaria la desidia en la que hoy viven nuestras universidades.

¿La solución? Pues, de verdad, a estas alturas no estoy capacitado para atisbarla. Y los que crean que la solución es Bolonia, es porque desconocen la miseria humana e intelectual que hemos ido alimentando entre todos en el seno de nuestras universidades. A lo mejor deberíamos empezar por una drástica reducción de recursos económicos públicos, obligando a las Universidades a que tales recursos se transfirieran en función de resultados alcanzados…es posible que con medidas de este tipo se empezara a quebrar la desidia que hoy nos embarga en todos los ámbitos salvo para seguir “chupando” del dinero de los contribuyentes.

miércoles, 25 de febrero de 2009

LIBRO DE LA SEMANA: "GOD & GUN (Apuntes de polemología)" R. Sánchez Ferlosio, Ed. Destino, Barcelona, 2008


Hace ya algunos años que sigo a Rafael Sánchez Ferlosio en su trayectoria como ensayista, y la verdad es que cada día me sorprende más la originalidad de su pensamiento y, sobre todo, las consecuencias que de ese pensamiento obtengo en el ámbito del Derecho. Además, es para mí un personaje muy singular porque considero que con su sabiduría, fruto de su capacidad para estudiar y reflexionar sobre la realidad, se ha situado por arriba de las pequeñas y grandes miserias que habitualmente marcan los pensamientos que emanan de las personas que conformamos la institución universitaria, poniendo así de manifiesto que no siempre esa institución es garantía de que en su seno fructifique el pensamiento crítico. Como se señala en la breve reseña biográfica que aparece en la contraportada del libro, “su máximo título académico es el de bachiller. Habiéndolo emprendido todo por su sola afición, libre interés o propia y espontánea curiosidad, no se tiene a sí mismo por profesional de nada”. En todo caso, lo que sí resulta de todo punto sorprendente en esta sociedad nuestra, es que finalmente la misma –incluida la reticente institución universitaria- haya reconocido a nuestro autor sus innegables méritos, tanto en su vertiente literaria como ensayística, lo cual es de agradecer desde el punto de vista de que tal circunstancia ha propiciado una mayor difusión de su pensamiento.

He de reconocer que la primera lectura del libro la realicé entre un vuelo a Madrid y mi estancia en la ciudad durante un fin de semana. Como siempre, acompañado de un lápiz para subrayar y marcar lo que despertara mi interés. Luego, en mi regreso a Tenerife, coloqué el libro en la estantería y dejé pasar un tiempo, unos tres meses, más o menos, en que volví sobre el mismo para redescubrir perspectivas que ya había advertido y ver otras nuevas que se me abrían en esta nueva lectura.

Voy a reproducir aquí una cita un poco extensa que he de confesar me ha resultado totalmente clarificadora a la hora de comprender la percepción que la nobleza y la burguesía tienen del Derecho como orden normativo y de cuál es su legitimación como tal orden. Se trata, en mi opinión, de un texto que sólo puede ser calificado como sublime (es todo un curso de sociología del Derecho en dos páginas) y expresivo de cómo el empleo del lenguaje en manos de Sánchez Ferlosio se torna en pura belleza capaz, sin embargo, de sublevar y poner en guardia a las neuronas más acomodaticias ante el discurrir cotidiano de la realidad y al papel que juegan las ideologías en su justificación.

“Cuando, hace pocos años, se quemó en Barcelona el famoso Teatro del Liceo, me llamó la atención el que dos damas hijas de la alta burguesía barcelonesa, al comentar en sendos artículos la catástrofe y refiriéndola a los recuerdos de su propia juventud, cuando, vestidas de gala, entraban a la función, coincidiesen curiosamente en evocar la gran aglomeración de los pobres –por abarcar con esta palabra a las clases modestas, desde los obreros hasta la pequeña burguesía, excluidas de cualquier posibilidad de acceso a la función- que se formaba a las puertas del teatro, para ver y admirar a los elegantes señores, a las damas, con `sus tocados, sus vestidos, sus olores´, a los galanes, con ‘aquellas ropas chapadas que traían’. Y entonces se me antojó pensar que esta pervivencia en el recuerdo, como un dato relevante común a ambas articulistas, de la imagen de los pobres que miraban a los privilegiados, o más precisamente, el recuerdo de haberse sentido miradas, era una característica significativamente propia de la burguesía por contraposición a la antigua aristocracia. Las damas aristocráticas ni tan siquiera habrían visto a los pobres, ni menos todavía se habrían sentido miradas y admiradas; para ellas los pobres habrían sido, por así decirlo, ‘un paisaje natural’, o diciéndolo en términos de la psicología de la Geltalt, no habrían sido ‘figura’, sino ‘fondo’, un fondo que ni verían ni por el cual podrían sentirse vistas. La aristocracia no sentía al pobre como ‘su depredado’, porque la depredación había sido llevada a cabo por el medio natural de las armas; el burgués sí siente al pobre como su robado, porque el robo ha sido llevado a cabo por el medio social de la explotación. Para el burgués el pobre ya no es ‘naturaleza’, sino ‘sociedad’; lo ve porque ha dejado de ser ‘fondo’ ya ha pasado a ser ‘figura’, en la medida en que contractualmente pertenece a su propia sociedad, y, por lo mismo, podrían intercambiarse los lugares. Siente que la legitimidad de su privilegio con respecto al pobre, por cuanto ambos forman parte de la misma sociedad, es relativa, y, por lo tanto, discutible. Esta diferencia entre el burgués y el aristócrata vendría a significar a fin de cuentas que también para el burgués sigue valiendo, de manera latente, el principio de que el derecho creado por las armas es el único fundamento verdadero de legitimidad; de que la violencia es el origen del concepto mismo de ‘legitimidad’. Por eso el alma del burgués no logra apagar del todo en sus entrañas la inquietud de que su estatus de riqueza no es tan legítimo como el ‘más valer’ de los antiguos señores de la guerra; y por muchos esfuerzos que haga por hallar el criterio de una ‘nueva legitimidad’ que rechace la creada por el derecho de las armas, adivina que tendría que suprimir, junto éstas, el propio concepto de ‘legitimidad’. Por eso la transacción más aceptable, en la misma medida en que reintroduce solapadamente la ‘naturaleza’ y con ella la violencia, ha sido la habilitación de la struggle for life para la sociedad, o sea el llamado `darwinismo social’; y así la única fórmula, apenas precariamente convincente, para legitimar lo expoliado mediante explotación consiste en equiparlo a lo ganado, por los propios méritos, en una supuesta contienda social. Pero de esta manera el burgués va a reencontrarse con el aristócrata, en la misma medida en que, a través de la fraudulenta introducción de la doctrina de la struggle for life, fundamenta su derecho al ‘más valer’ en el antiguo criterio del que nació la noción misma de ‘legitimidad’: la ley del más fuerte” (pp. 93-94)

viernes, 20 de febrero de 2009

TRISTEZA

Hoy, como casi todos los días de la semana, acompañado por mi buena amiga Isabel, salimos a tomarnos el cortado mañanero al bar de la Facultad de Ciencias Económicas, que además de quedar muy cerca del edificio de la Facultad de Derecho, hay que reconocer que utiliza un café de mayor calidad que el empleado en mi Facultad (bueno, la verdad es que los niveles de calidad de todo lo de mi Facultad están cada más por los suelos). Por cierto, siempre me ha llamado la atención el hecho de que los precios que se pagan en estos bares universitarios son considerablemente inferiores a aquellos otros que se pagan fuera de la Universidad. Es algo totalmente absurdo…pero en fin, está claro que tal circunstancia es aceptada por el concesionario sobre la base de condiciones que realmente desconozco, pero que en ningún caso creo se puedan traducir en pérdidas para el mismo. Todo lo más, este tipo de precios posiblemente subvencionados, son manifestación de un privilegio más de los muchos que aún tienen los estudiantes y los profesores en las universidades públicas españolas.

A la salida del bar nos encontramos con otro buen amigo que nos comentó lo desagradecida que era nuestra Universidad con sus empleados, ya fueran estos profesores o miembros del personal de administración y servicios. En particular, nos comentó el caso de una excelente funcionaria que durante muchos años había desarrollado ejemplarmente su trabajo en el Rectado, que al jubilarse no había tenido por parte de las autoridades académicas el más mínimo detalle a toda una vida dedicada a la Universidad (ni tampoco por parte de la Junta de Personal o del Comité de Empresa o de cualquiera de esos órganos que dicen representar al personal y que casi no tienen utilidad ninguna y que en realidad son una rémora para la institución universitaria).

Cuando pensé en la persona a la que se refería nuestro amigo, me entró un poco de melancolía y por un instante pasaron por mi cabeza los años que tan rápidamente han transcurrido desde que ingresé como alumno en la Facultad de Derecho. Pero la melancolía rápidamente se transformó en rabia contenida, pues la verdad es que cada día que pasa me doy más cuenta de que trabajo en una Universidad que en general no se fortalece en cuanto a sus niveles de prestigio académico, sino que ocurre más bien lo contrario, que cada día que pasa se deteriora asentándose una especie de espíritu fatalista generalizado que se traduce en ocasiones en auténtica desidia.

Desde hace ya algunos años, he visto cómo algunos colegas se jubilan y abandonan definitivamente la Universidad ; a otros, que definitivamente abandonan la Universidad y también este mundo conocido; y a otros que se reenganchan porque dicen tener méritos para ser eméritos, y siempre es igual, dejan de venir un día (incluidos los que se reenganchan) y a partir de entonces nadie los recuerda y mucho menos los reclama. Es como una especie de rueda trituradora que esporádicamente se concreta en algún caso en que a alguien se le ocurre poner el nombre del desaparecido a una aula, a un salón de grados o a un paraninfo, vamos, una auténtica estupidez en mi pobre, inútil e intrascendente opinión.

He hecho prometer a mi familia que si llegara a desaparecer antes de llegar a mi edad de jubilación voluntaria o forzosa, impidan –o al menos no participen de ello- un hipotético acto de recuerdo u homenaje a mis años en la institución por parte de mis colegas (amigos y enemigos). Sería una afrenta para mí y una tristeza inconmensurable que cargaría en mi otra vida. En cualquier caso, estoy seguro que ello no va a ocurrir, menos mal.

jueves, 19 de febrero de 2009

VEHEMENCIA


Siempre he preferido la vehemencia y la pasión ante determinados acontecimientos humanos, que la actitud supuestamente reflexiva que trata de entender las causas del problema y que una vez determinadas sirven para publicar un artículo en una revista científica y justificar puntos para un nuevo complemento retributivo. Pero mientras esto último ocurre, las causas siguen provocando los efectos de la enfermedad o del desorden y el investigador se limita a adoptar una actitud pasiva y a responsabilizar a los políticos de todos los males presentes y futuros que nos rodean.

Una de las últimas cosas que he tenido oportunidad de ver es las actitud que algunos profesores e investigadores universitarios pertenecientes a las Facultades de Derecho mantienen con relación a la primera convocatoria de huelga realizada por los jueces españoles. Todos estos capullitos de alelí debaten y debaten en torno a la constitucionalidad o no del instrumento de la huelga por parte de los jueces. Y muchos de ellos concluyen de manera terminante y científicamente fundada que en términos jurídicos es claramente inconstitucional la huelga como instrumento de defensa de los intereses de los jueces. Sin duda, una conclusión –aparte, claro está, de ser favorable a los intereses del Gobierno y del partido en el poder- que está amparada en términos jurídicos pero que como no podía ser de otra forma, obvia el tema sustantivo o material de la existencia del conflicto. Y es que estos chicos y chicas progres que en la Universidad se dedican a la enseñanza e investigación, cuando de defender al Gobierno se trata, son capaces de ser más formalistas que el propio Kelsen. No tienen el más mínimo reparo…

Bien es verdad que entre los jueces españoles hay de todo: gente trabajadora y sacrificada y vagos redomados; honrados y corruptos; profesionalmente competentes y auténticos ignorantes….También, que en el actual conflicto que han planteado, muchos han aprovechado para tratar de obtener aumentos retributivos y de otro tipo. Pero todo esto es pura anécdota con relación al que yo creo que es el motivo nuclear de la huelga como medida de protesta constitucionalmente legítima: el hartazgo de tener que soportar una Administración de Justicia ineficaz, ineficiente, anquilosada, colapsada, decimonónica, irrespetuosa con los derechos de los justiciables, etc, etc. Uno de los principales protagonistas de la prestación de uno de los servicios fundamentales que se supone ha de prestar el Estado, los jueces, han dicho por fin ¡!!!!!!BASTA¡¡¡¡¡, y lo han hecho mediante el empleo de un instrumento que por vía material nos está vedado a los ciudadanos como tales, la huelga. En otras palabras, han utilizado la huelga, prevista como derecho de los trabajadores en la defensa de sus intereses, como instrumento para defender los derechos de los ciudadanos que no recibimos un servicio digno por parte de la Administración de Justicia.

En la Junta de la Facultad de Derecho de mi Universidad celebrada el pasado día 17, propuse que constara en acta mi apoyo a la primera huelga de jueces de España. Es un detalle y fue además expresado de manera vehemente.

miércoles, 18 de febrero de 2009

APRENDER DE LA EXPERIENCIA DE OTROS


Es realmente complicado contar con una versión de los acontecimientos pasados que pueda ser calificada como definitiva e indiscutible. Está claro que los profesionales que se dedican a este menester de la historia, tratan por lo general de dar una explicación de tales acontecimientos a partir de los hechos (documentos, pruebas, testimonios, etc.) y con la conciencia de tratar de no influir en una determinada interpretación de los mismos. Sin embargo, es harto difícil lograrlo, pues de alguna forma siempre estará presente esa visión subjetiva del historiador que se retrotrae en el tiempo y analiza con su cerebro y sus sentimientos actuales las denominadas pruebas objetivas existentes. Pero en fin, tampoco es mi intención poner en cuestión la labor de los historiadores.

Lo que sí me interesa cada vez más es conocer la experiencia vital de aquellos hombres y mujeres, niños y niñas, que tuvieron la oportunidad o la desgracia de vivir o sufrir determinados acontecimientos trascendentales para sus vidas. Y me refiero aquí a acontecimientos con trascendencia colectiva pero con profunda incidencia en la vida personal de los protagonistas activos o pasivos de los mismos.

Pensemos en un acontecimiento histórico como el de la guerra civil española. Existen miles de publicaciones que abordan este conflicto desde una perspectiva histórica. Pensemos en otro acontecimiento más reciente en el tiempo, en la transición española a la democracia. Existen cada vez más publicaciones y testimonios de los que vivieron esos acontecimientos. Todas esas publicaciones conforman una fuente de interés indudable a la hora de conocer cómo transcurrieron los hechos en uno y otro caso, pero junto a ello, están también los testimonios no publicados de personas que directamente vivieron tales hechos históricos. Conocer de primera mano esas historias personales nos lleva de verdad a conocer desde la piel de sus protagonistas directos una realidad que nosotros no vivimos, y nos lleva también a tratar de ver, sin el apasionamiento propio de los protagonistas, cómo de verdad se vivieron esas realidades desde la óptica personal de esos seres humanos. Es la historia de la vida de los seres humanos de carne y hueso, teñida de ilusiones y fracasos, de esfuerzo y trabajo, de perspectivas de futuro y frustraciones, de traiciones y engaños, de satisfacciones…en fin, es otra historia que muchas veces nada o poco tiene que ver con la Historia con mayúsculas, que normalmente prescinde de esas pequeñas historias para dar una visión supuestamente “objetiva” del pasado.

Pienso ahora mismo en la llamada historia del movimiento de liberación nacional de Euzkadi. Espero que dentro de 100 años no exista un Estado vasco, pero si así fuere, la Historia relativa a su constitución seguramente “olvidará” el sacrificio pagado con la vida y la angustia de la opresión que a diario vivieron muchos españoles que sintiéndose vascos se opusieron con todas su fuerzas a que en el futuro existiera esa Historia. Me quedo en este caso con las pequeñas historias de los que hoy sufren la opresión y hasta hace bien poco la desconsideración más absoluta (las víctimas), que con la Historia de los que creen que algún día acabarán con la resistencia de los rebeldes.

martes, 17 de febrero de 2009

DUDA


No, no me diga que se pondría usted en el lugar de… el padre de Marta, esa joven sevillana que fue presuntamente asesinada por su exnovio y que luego fue arrojada a las aguas del río Guadalquivir. No me lo diga, porque es imposible que así fuere. Hay que estar en esa situación de verdad, esto es, realmente, para saber qué es lo que se puede sentir por la pérdida de una hija en tales circunstancias. Exactamente igual que hay que estar también de verdad en la situación en la que se hallan los padres del presunto asesino, para saber qué se siente cuando este es detenido y esposado por la policía y conducido ante el juez, ante una muchedumbre dispuesta irracionalmente a tomarse la justicia por su mano y asesinar al presunto culpable.

Pero a pesar de todo, lo decimos, lo pensamos y nos imaginamos cómo reaccionaríamos ante tremenda hecatombe que acaba con la vida de un ser querido y que cambia radicalmente las condiciones de vida de los que sufren esa pérdida. En mi caso, cuando oigo la noticia de la detención del presunto culpable, que además ha confesado su crimen, manifiesto sin pensar mi sentimiento de venganza: le mataría. No sé cómo, pues ni me lo planteo, pero le mataría sin pensármelo… sí, sin pensármelo, sin el atisbo de la menor clase de duda (me viene ahora a la memoria la escena real de una madre que en Alemania entró en la sala de juicio y disparó varios tiros contra el asesino de su hija).

En el complejo mundo de la mente humana, debe existir un punto en el que el ánimo de venganza, siendo totalmente natural, pierde sin embargo la posibilidad del retorno a la racionalidad, esto es, a la normalidad de la vida tal y como la misma está organizada en el momento en que transcurren los acontecimientos de que se trate. Es verdad que en determinados sistemas legales, ese punto de retorno se formaliza teóricamente mediante la aplicación de la pena de muerte al culpable, dando de esta forma supuesta satisfacción a los familiares de la víctima, que ven así cómo sus frustrados deseos de legítima venganza son satisfechos por un tercero (el Estado) de manera fría y protocolaria. Y sin entrar aquí en el debate en torno a la pena capital, me parece a mí que allí donde la misma esté en vigor, lo más justo sería siempre dar opción a los familiares de la víctima para que pudieran ejercitar el perdón del culpable, o bien, la opción al propio culpable para no aceptar ese perdón y optar por la pérdida de su vida en estricta compensación a la muerte que el mismo ha provocado (por cierto, creo que este es en definitiva el mensaje que nos transmite la película “Siete almas” protagonizada por Will Smith).

El punto de no retorno de la venganza es en todo caso siempre la muerte: la de la víctima, que ya es por sí misma irreparable, y la del culpable. Así que analizando el tema “como si yo estuviera en la posición del padre de Marta…”, me hallaría en una primera fase disparando al presunto culpable (siempre es una muerte más aséptica que la de quitarle la vida mediante otros procedimientos menos tecnificados). En una segunda fase, esto es, cuando el Estado ha arrebatado al presunto culpable de mi natural ámbito justiciero y mi natural venganza, y ha impedido que la chusma se tome la justicia por su mano para cometer un execrable asesinato anónimo-colectivo, espero que mi mente reaccione al margen de mi corazón y mis emociones, y me permita volver al ámbito de la racionalidad, que no es otro que el de la ley y la existencia de la justicia que, con todas sus imperfecciones, siempre será mejor que la barbarie que supone el “ojo por ojo…”, o el puro y duro linchamiento de la siempre injusta chusma desalmada. No tengo la menor duda de ello, aunque en el fondo espero no experimentar nunca la situación que han vivido los padres de la pobre Marta.