jueves, 19 de marzo de 2009

LOS SUJETOS PASIVOS


En la terminología jurídico-tributaria, uno de los sujetos pasivos es el contribuyente, y lo es, porque por lo general es aquel sujeto al que cabe referir una determinada manifestación indicativa de capacidad económica y, por consiguiente, ha de estar sometido al deber impuesto por la ley de contribuir al sostenimiento de los gastos públicos mediante el pago de algún tipo de tributo.

La de sujeto pasivo es una denominación muy significativa, pues aparte de ser usual en el ámbito jurídico para referirse a aquel sujeto que en el seno de una relación jurídica obligacional ocupa la posición deudora frente al sujeto activo, titular del derecho de crédito, es también una denominación que viene a poner de manifiesto la posición de sometimiento que ha de asumir el ciudadano a la hora de hacer frente al pago de sus tributos. Sabemos que un impuesto se paga “voluntariamente” en cumplimiento de la ley que lo establece y regula, pero también sabemos que si no lo pagamos la Administración Tributaria podrá dirigirse contra nuestro patrimonio para hacer efectivo su derecho de cobro, y todo ello, sin necesidad de acudir a los tribunales de justicia como ha de hacer cualquier otro acreedor privado en defensa de su derecho. Ser sujeto pasivo viene a poner de manifiesto que no cabe la objeción de conciencia en este terreno y menos aún la rebeldía; o mejor, que pudiendo estar presentes en la práctica la existencia de objeción y rebeldía, cuando ello sucede y el sujeto pasivo pasa a adoptar una posición activa contraria a la ley, habrá de atenerse a las consecuencias jurídicas negativas que se derivan de adoptar tal posición.

Sin duda, la nota de pasividad del ciudadano frente a los tributos está directamente relacionada con el propio origen histórico de los mismos, esto es, el de ser prestaciones coactivamente impuestas a los vencidos en un conflicto bélico. La condición de vencido no sólo podía conllevar pasar a ostentar la condición de esclavo al servicio del vencedor, sino también, la de venir obligado a hacer frente al pago de los tributos impuestos por el vencedor.

Después de una dilatada evolución histórica en la que las manifestaciones de rebelión contra el poder político (o religioso) ante el pago de tributos explican el origen mismo de los Parlamentos, el hecho de que hoy se siga empleando el término “sujeto pasivo” podría pensarse que no parece lo más adecuado, al menos, desde la óptica del Estado democrático, puesto que hoy los tributos encuentran su fundamento o razón de ser en la ley, expresión máxima de la voluntad popular. En otras palabras, son los propios ciudadanos (sus representantes libremente elegidos) los que se autoimponen el deber de hacer frente al pago de tributos. Sin embargo, el término “sujeto pasivo” se resiste a desaparecer, y en verdad, pensándolo bien, la razón no puede ser otra que la de la prevalencia de la realidad frente a la justificación de la misma. El tributo existe porque existe el poder político, y este es un hecho innegable de la realidad histórica. El que esa existencia se justifique o fundamente en la actualidad en las leyes democráticamente aprobadas por los Parlamentos, no afecta a la realidad misma conformada por la existencia de gobernantes y gobernados, o lo que es igual, sujetos que pueden exigir el pago de tributos (Administración Pública) y sujetos que vienen obligados a pagarlos (ciudadanos). Por ello, el término que mejor refleja la situación real de los segundos frente a los tributos sigue siendo, en nuestra opinión, el de sujetos pasivos.

miércoles, 18 de marzo de 2009

AUTONOMÍA NO ES HACER LO QUE TE DE LA GANA, Y MENOS AÚN SI LO QUE HACES VA EN CONTRA DE LOS INTERESES PÚBLICOS



La proyección de la autonomía como principio de organización y, sobre todo, de funcionamiento en el ámbito universitario, tiene indudable relación con el principio de autonomía política que consagra nuestra Constitución como criterio organizativo de la estructura política del Estado, pero presenta a la par características específicas como pueden ser las denominadas libertades de cátedra y también de estudio. Lo que en ningún caso parece que pueda ser aceptado es que la autonomía signifique, ni en el ámbito político ni en el ámbito académico de la Universidad, que cada Universidad pueda acometer el ejercicio de dicho derecho como “le de la real gana”.

Sin embargo, no parece que algo tan elemental como lo anterior haya llegado a ser entendido por los miembros de algunas Universidades españolas. En el caso particular que conozco, el de la Universidad de La Laguna, estamos en estos momentos viviendo una situación de verdadero caos con ocasión de la elaboración de los proyectos de nuevos planes de estudio para su adaptación a las directrices que conforman el denominado Espacio Europeo de Educación Superior (Plan Bolonia).

Estoy convencido de que la potenciación de la universidad pública en España pasa, ante todo, por el convencimiento de los miembros permanentes de la comunidad universitaria (profesores y personal de administración y servicios) de que nuestra función primordial es servir leal y honestamente a nuestros estudiantes (y a la sociedad de la que forman parte) en el sentido de formarles como personas con espíritu crítico y capacidad para hacer frente a los requerimientos de todo tipo que demanda una sociedad como la que vivimos. Pero para poder cumplir con el indicado objetivo, habrá que empezar por plantearse si en el desarrollo de nuestras propias funciones específicas somos o no autocríticos con nosotros mismos, empezando por los métodos aplicados en la enseñanza y la investigación, o bien, en el contenido de las distintas materias que conforman los distintos planes de estudio que se imparten en nuestras Universidades.

La adaptación de los actuales planes de estudio a las directrices establecidas por el Plan Bolonia (nuevos títulos académicos de grado y de master), es una oportunidad para llevar a cabo, con visión crítica, la reformulación o supresión de los actuales títulos que se imparten en la Universidad. Sin embargo, no es esta la senda que se está siguiendo, sino que más bien, lo que sucede desgraciadamente en muchas universidades es que los viejos planes se reformulan prácticamente en su integridad sin cambios sustanciales, haciendo bueno aquello de que nos encontramos en presencia “del mismo perro pero con distinto collar”. Se desvirtúa de esta forma el significado auténtico de lo que significa el derecho a la autonomía universitaria, toda vez que en realidad lo que se hace no es más que preservar los derechos corporativos del profesorado (intereses particulares) frente a los intereses públicos que demandan una actualización y adaptación de la Universidad a la realidad social en la que vivimos.

Desgraciadamente, muchos de los que se llenan la boca con la defensa de la universidad pública, son en realidad los auténticos ejecutores de la misma.

martes, 17 de marzo de 2009

DESISTIMIENTO


Hay un ámbito en el que la decisión de dejar de actuar no tiene cabida o, al menos, en el que naturalmente no tiene cabida, y es el correspondiente a las relaciones entre madres e hijos. No, no entre padres (términos genérico para referirse a los padres y a las madres de manera indistinta) e hijos, sino exclusivamente entre madres e hijos, pues estoy convencido de que el nexo de unión existente entre una madre y su hijo desde que el mismo se ha engendrado y desarrollado en su seno, es algo que naturalmente perdura y determina la relación vital entre ambos en el tiempo. Dicho en otras palabras y como expresión de un sentimiento que creo está bastante generalizado en nuestra sociedad: no es natural que la mujer desista de sus deberes hacia el hijo que ha parido, cualesquiera que sean las vicisitudes que afecten al posterior desarrollo vital del mismo. Es más, cuando las circunstancias vitales que afectan al hijo son negativas, con mayor razón aún la madre jamás desistirá de su condición de madre y de lo que la misma considera obligaciones dimanantes de esa condición con respecto a su hijo.

Por el contrario, en términos generales, el hombre en este terreno se comporta la mayoría de las veces como un auténtico tarambana o como un cobarde, máxime, cuando las circunstancias vitales que pueden afectar al hijo son de carácter negativo. ¿Cuestión de naturaleza? Pues es posible, pero lo que parece evidente es que los casos de “madres corajes” se multiplican a lo largo y ancho de este mundo en el los valores dominantes sigue siendo, desgraciadamente, los atribuidos al sexo masculino.

Pienso ahora en tres ejemplos muy significativos del espíritu de rebelión de las madres y de su rotunda negativa al desistimiento frente a unas circunstancias adversas muy duras que afectan a sus hijos: el de “las locas de la Plaza de Mayo” en Argentina; el de las “madres contra la droga” en Galicia y el de las “damas de blanco” en la Cuba castrista.

En el primero de los casos, fueron las madres, calificadas como “locas” por la canallesca de los medios que defendían la dictadura militar argentina, las que asumiendo el riesgo de perder su vida, salieron día tras día a la calle a exigir a los golpistas que les devolvieran a sus hijos “desaparecidos”. En Galicia, fue el coraje de las madres de unos hijos muertos, encarcelados o enganchados a la droga, el detonante para que por fin las autoridades (políticas, judiciales y, en general, sociales) se decidieran a embestir con todos los medios legales el escándalo de unas mafias que actuaban con bastante “manga ancha” en la sociedad gallega. Y en Cuba, el régimen de los hermanos Castro, que califica como “viles gusanos” a aquellos que se atreven a cuestionar su régimen dictatorial, ve con asombro –y yo creo que con preocupación- cómo las madres de los numerosos prisioneros políticos que yacen en las cárceles castristas, protestan públicamente contra tanta injusticia y represión.

Ahora que se acerca el denominado “día del padre” y que ya pasamos el “día de la madre” y también el día de “la mujer trabajadora”, claros ejemplos todos ellos de la estupidez consumista en la que estamos sumidos y de la que al parecer no podemos salir si pretendemos que el sistema económico no quiebre definitivamente, deseo desde aquí hacer mi pequeño homenaje a las “madres corajes” de todo el mundo sobre las que recae de verdad la responsabilidad de no desistir nunca de la lucha por la dignidad propia y la de sus hijos.

viernes, 13 de marzo de 2009

CONMIGO O CONTRA MÍ


Bueno y malo, dos palabras de significado aparentemente simple pero cargadas de una larga tradición que se inició con el maniqueísmo y que en pleno siglo XXI siguen determinando el pensamiento –y a veces el comportamiento- de millones de personas. Se trata de una dicotomía para la que no existen términos intermedios: o eres calificado de bueno o lo eres de malo, no cabe el bueno a medias y el malo a medias, pues ello introduciría un grado de inseguridad y de duda que sería insoportable para aquel que precisa en la vida de consignas claras y terminantes.

En el campo de la política, el lema “o estás conmigo (que soy el bueno) o estás contra mí (es decir, con los malos)”, refleja esa misma dicotomía que obliga a los seguidores del líder a posicionarse en determinadas coyunturas. Para los seguidores es siempre una opción difícil y que además acarrea la asunción de riesgos ciertos y evidentes si la coyuntura provocadora de la afirmación es un hecho futuro e incierto, como puede ser, por ejemplo, el resultado de una elección. Sin embargo, en estos casos el posicionamiento adquiere grados distintos de intensidad y dramatismo en función del ámbito en el que se mueva quien venga obligado a realizarlo. Si es el militante de un partido político, pues la intensidad del pronunciamiento es muy alta, pues apoyar a uno u otro líder del mismo partido, puede suponer algo tan vital para tantos militantes como aspirar a ocupar o no algún puesto de responsabilidad partidaria, y que luego puede traducirse en un puesto de responsabilidad en el gobierno si finalmente el líder vencedor gana las elecciones con el voto de los ciudadanos. Por el contrario, el ciudadano que decide con su voto quién será el que deba gobernar, no muestra ningún tipo de angustia a la hora de decidirse por una u otra opción política. Es más, en muchas ocasiones, podrá verse socialmente forzado a manifestar a favor de quién está y, por tanto, a quien va a votar, y luego, al votar, hacer todo lo contrario (es este, por cierto, un fenómeno revelador de que el voto secreto es muchísimo más respetuoso con la libertad que el voto a mano alzada, tan propio de los defensores de la mal llamada democracia asamblearia).

Pero tenemos tendencia a creer que el maniqueísmo de dividir tan tajantemente a la gente entre buenos y malos es algo propio del mundo de la política, cuando en realidad está presente en casi todos los ámbitos de la vida cotidiana. Baste con pensar en algo tan alejado de la política como puede ser una separación conyugal. Se impone una dinámica perversa consistente en que los familiares de los cónyuges que pretenden separarse han de alinearse con uno u otro en función de los respectivos lazos de sangre. Pero ocurre también en el supuesto templo del saber y la racionalidad que es la Universidad, donde el discípulo se supone ha de apoyar al maestro en todo, hasta en la comisión de injusticias como la de votar a favor de un candidato a ocupar una plaza de profesor que no reúne los méritos necesarios o cuyos méritos son muchísimo peores que los presentados por otro candidato que no pertenece a la misma Escuela del maestro (por cierto, jamás he oído a ningún político hablar en serio de este tipo tan agravado de corrupción que a diario se comete en la Universidad española).

En la vida, salvo los colores, nada es totalmente blanco o negro, y no parece que haya tampoco nadie que sea totalmente malo o totalmente bueno. Sí, ya se que la determinación y el espíritu firme pueden ser necesarios y muy útiles en la vida, pero esto nada tiene que ver con dividir permanentemente a los humanos entre buenos y malos o entre amigos y enemigos.

miércoles, 11 de marzo de 2009

TEMPERAMENTOS


En torno a 1967 -año más, año menos- tuve la suerte de contar con una pequeña escopeta de balines. Se me estropeó pronto, pero la conservé durante algunos años porque en su culata gravé pacientemente el nombre de Che Guevara. El Che era entonces para mí un auténtico héroe y un revolucionario que había dejado atrás el disfrute de una vida plácida en su Argentina natal para unirse a la conquista y defensa de la Revolución cubana. Muy pocos años después, fui captado por un compañero para crear en el Instituto en el que estudiábamos la primera célula de las Juventudes Comunistas de España en La Laguna. Aquella experiencia tuvo un final difícil y traumático para mí en el año 1971: me detuvo la policía política repartiendo panfletos contrarios al régimen y me procesaron por haber cometido un delito de propaganda ilegal, penado entonces con seis años de cárcel. Tuve muchísima suerte, pues además de no confesar a la policía política, pese a las torturas a las que fui sometido, quiénes eran mis camaradas y quien me acompañaba en la distribución de los panfletos el día en que fui detenido (era una mujer a la que profesaba un amor no correspondido), me pude acoger al último indulto general que otorgó el Jefe del Estado, Francisco Franco, con el fin de beneficiar a algunas personas cercanas al régimen implicadas en un caso de corrupción conocido como el Caso Matesa.

Esta experiencia, que hoy hago pública por vez primera, marcó mi destino en muchos aspectos. Fue el causante de mi inclinación definitiva por el Derecho en detrimento del periodismo, pero también, fue determinante para conformar mi carácter y maneras de ver la vida a partir de entonces.

Estos días, el escritor Francisco Ayala cumplirá la friolera de 103 años de lucidez permanente. Desde hace muchos años, es uno de mis modelos o puntos de referencia entre la especie humana, y al que no me importaría emular especialmente en lo de la edad. Pero también lo es Fraga Iribarne o Torcuato Fernández Miranda, a pesar de mi pasado antifranquista y sus pasados franquistas, o José Luis Sampedro, al que nunca he hecho mucho caso como economista, pero sí como humanista, o Sánchez Ferlosio, o D. Felipe González Vicen, o la Reina Sofía, o Fernando Savater, o mi padre y mi madre, ejemplos de una vida de rectitud y honradez a prueba de bombas, o Roberto Roldán, que fue el juez al que me condujo la policía y al que pasados luego los años tuve como compañero y amigo en la Facultad de Derecho…y a tantos otros y otras que con el paso de los años han ido contribuyendo a templar mi temperamento y, sobre todo, a impedir que fuera un ser humano de juicio rápido y condena poco meditada a la hora de enjuiciar a los demás en sus respectivas trayectorias vitales.

Estoy acostumbrado a tratar con gente joven, y comprendo a la perfección que muchos de ellos me vean y enjuicien como un carca y hasta como un facha en ciertas ocasiones. Es cuestión de temperamento, de naturaleza y hasta de exigencia vital. Era lo que yo hacía con algunos profesores, como con aquel de Filosofía del Derecho que dirigiéndose a la clase decía: “¿Saben ustedes por qué en Cuba después de la Revolución todos son iguales? Pues muy sencillo, porque nadie come carne ni bebe leche”. Algunos decidimos dejar de ir a clase por considerarlo un auténtico fascista. Hoy, pasados los años, me he dado cuenta de que tenía toda la razón. ¿Me habré transformado también en un fascista? Está claro que no, lo único que sucede es que me he hecho un poco mayor y seguramente también un poquito más sabiondo.

martes, 10 de marzo de 2009

LA PIOLA


Aparentemente nadita que ver con el significado que la palabra piola tiene en Argentina, que según el diccionario de la RAE, es algo así como quedarse al margen. La piola es un juego que practiqué con mucha frecuencia en mi adolescencia con mis amigos de las laguneras calles de Anchieta, El Remojo, Plaza de los Bolos, San Agustín…aunque nunca lo hice con el Ferruja, que era de la zona de La Concepción y enemigo declarado de nuestra “tribu”. Eran los felices años que median entre la infancia y la adolescencia, cuando se inicia el despertar tenue de los deseos sexuales y se empieza a tomar conciencia de la existencia de las niñas como personajes diferenciados en ese terreno.

Era la piola un juego de niños colectivo (como lo era de niñas el brilé), y consistía en que los miembros de uno de los equipos se colocaban uno detrás de otro, agarrados por la cintura, flexionados sus cuerpos hasta quedar su tronco en situación horizontal y apoyado el primero de ellos en una pared. Los miembros del otro equipo iban saltando sobre aquella la columna humana, sin que valiera moverse una vez se había realizado el salto de piernas abiertas, pues había que permanecer agarrado a la espalda del que estaba agachado en la misma posición en que se había quedado después del salto. Primero saltaban los más ágiles, pues ello era garantía de que podrían colocarse a lomos del primero de los agachados y dejar así espacio para que se colocaran el resto de los miembros de su equipo, mientras que los más gorditos se quedaban para el final. Si alguno de los saltadores no lograba mantener su equilibrio y caía, su equipo perdía y debían entonces ocupar todos la posición contraria y recibir como saltadores a los miembros del equipo contrario. Igual sucedía si los que recibían a los saltadores no tenían la resistencia suficiente para soportar sobre sus espaldas el peso de los mismos.

Visto desde el tiempo presente, he de reconocer que la única ventaja de la piola era la de ser un juego colectivo del que se disfrutaba sin más, pues aparte de ser también un medio para que los más gallitos mostraran sus facultades saltarinas ante las potenciales espectadoras femeninas, lo más que podía provocar era alguna que otra magulladura por un mal salto o el agarrarse con demasiada fuerza al cuerpo del otro. De alguna forma, podría decirse que el grado de disfrute estaba directamente relacionado con la improductividad absoluta del juego. Sí, es verdad que, como en todo juego, se ganaba o se perdía, pero el resultado en realidad nunca dio ocasión a que sobre el mismo pudiera luego desarrollarse una dinámica abocada a la ganancia económica, cosa que, por el contrario, sí ocurrió con otros juegos individuales o colectivos que han transformado a los padres y madres de muchos niños y niñas en auténticos y obsesivos “creadores” y “cuidadores” (¿o será “explotadores”?) de fenómenos futbolísticos, tenísticos, gimnásticos, baloncentísticos, etc. como fuente de pingües beneficios económicos (es la parte triste del pobre Rafa Nadal, que seguramente no pudo jugar de niño a la piola o a un juego igual de improductivo).

No, definitivamente no es nostalgia lo que me anima, pero tampoco es cariño por los juegos electrónicos y los grandes espectáculos de masas a los que hoy nos tienen acostumbrados y sometidos. Estos últimos están muy bien, pues reconozco que permiten incluso la única comunicación que va subsistiendo entre los no jugadores en la sociedad del espectáculo, pero no creo que sea bueno que hayan desaparecido entre nuestros niños juegos tan inútiles en términos económicos como el de la piola.

lunes, 9 de marzo de 2009

TIENE USTED MÁS CUENTO QUE CALLEJA


“Ya sé que no está el horno para bollos ni tampoco para ir a protestar por ello ante el maestro armero, pero tiene usted más cuento que Calleja… ¿Pero acaso pretende convencerme a mí, después de los años que llevo en esto de la enseñanza, de que usted no pudo presentarse porque lo detuvo la guardia civil por conducir de forma temeraria en su afán de llegar a tiempo para realizar mi examen? Vamos, hombre… invéntese usted una excusa más apropiada y más seria, y no pretenda, por favor, tomarme el pelo. Vaya usted con ese cuento a otra parte…”.

“Horno para bollos”, “protestar ante el maestro armero”, “tener más cuento que Calleja” y “tomadura de pelo”, son expresiones que poco a poco se pierden indefectiblemente del lenguaje ordinario, para ser sustituidas por otras de significado similar pero acompasado al tiempo actual. Es el lenguaje, que como la vida misma, evoluciona y se interrelaciona -creo que siempre en términos de enriquecimiento- con otros lenguajes, pero sobre todo, con el cambio de significado de muchas de sus palabras y expresiones en función de las propias variaciones que acontecen en la realidad. A título de ejemplo, “ser un crack” es una expresión cuyo significado, si no es por mis amigas y amigos de “Facebook”, jamás hubiera podido imaginar, y que si no me equivoco, equivaldría más o menos a la de ser “un tío o una tía chachi”.

Compruebo a diario con mis alumnos de la Universidad que muchas de las expresiones que yo utilizo carecen para los mismos de significado. Es lo que sucede con esta que encabeza el presente comentario. Tener más cuento que Calleja es una expresión apropiada para manifestar que quien nos está contando algún acontecimiento está inventándose o recreando en términos fantasiosos la realidad. Vamos, que tiene más cuento que “Antoñita la fantástica”, que sería otra expresión con un significado y alcance similar, pero igualmente extraña o desconocida para las nuevas generaciones.

Hay que reconocer que muchos de los que manifiestan su predisposición desde la juventud a engrosar el grupo de los que “tienen más cuento que calleja”, pasarán luego a integrar las filas de nuestros narradores, novelistas y autores de ficción, que tantas satisfacciones y emociones nos procuran a lo largo de nuestra civilizada y, agraciadamente, rutinaria vida. Otros, los menos, pasarán a formar parte del grupo de los delincuentes, ya sea en el mundo de las altas finanzas (los más peligrosos, tal y como estamos viendo y sufriendo los que tenemos bajas finanzas), ya en el mundo del “menudeo” propio de la superchería. Y otros, en fin, formarán parte del mundo de la política. Entre estos últimos se hallan aquellos que piensan que pueden estar eternamente ocupando posiciones de poder porque son parte de la “esencia” del pueblo…vasco, gallego, catalán, andaluz o canario. La realidad y los individuos con derecho a voto les están mostrando la dura evidencia para ellos de que en buena medida su discurso político es el propio de la gente que “tiene más cuento que calleja”.